*Por Juan Carlos Vela, alumno de Introducción al periodismo 

 

Era abril del año 1959. Mi padre vivía en un pueblo llamado Viacha, a 80 km de La Paz, Bolivia. Él estudiaba en la ciudad y los fines de semana volvían al pueblo a trabajar el campo y cuidar de los animales.

Uno de esos días el pueblo estaba alborotado, había una alegría muy grande porque fueron empleados de Argentina, de la empresa Ledesma, buscando agricultores. Mi padre tenía 20 años y junto a sus tres amigos Pancho, Raúl y Gregorio se acercaron. Pancho, el mayor de los tres le dijo a mi padre

-Marcial, están llevando obreros para la cosecha de azúcar en Jujuy, Argentina. Te llevan contratado por seis meses. Te pagan el viaje, te dan vivienda, y te pagan por la cosecha de azúcar. No tenés que pensarlo mucho, anímate, no tenés nada que perder.

Así fue como mi padre después de pensarlo mucho se inscribió en la empresa el último día.

Sus amigos le hicieron una gran despedida: era el último día en su pueblo y el último día de su juventud.

Dejando una novia y con ella la promesa de volver a casarse se subió al tren que lo llevaría de la Paz, Villazón, a La Quiaca, Argentina. Allí, en la frontera, se encontró con los directivos de la empresa y lo llevaron hasta el pueblo Ledesma a 100 km de la ciudad de San Salvador de Jujuy.

Mi padre era la primera vez en su vida que estaba lejos de su país.

Pasaron los meses, cumplió el contrato de trabajo, conoció a un chica se casó y nací yo, Juan Carlos Vela.

Pasaron unos largos años para que le pudiera volver al pueblo que lo había visto partir.

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