*Por Rolando López
Periodista. Editor de Policiales del diario Los Andes de Mendoza. 
Es autor de “Partes diarios” (2000), “Entrevista con el bandido” (2006), “Textos de periodismo para no morir en el bostezo” (2009) y de “Canelo. El perro que esperó a su dueño durante 12 años”.  En 2015, también estuvo entre los seleccionados por el Concurso Federal de Relatos “Héroes. La historia la ganan los que escriben”, organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación.
Carolina Jacky nació el 25 de enero de 1952 bajo el calor mendocino de un verano peronista. Lo hizo en el seno de una familia conservadora en la más aún conservadora Mendoza de aquella época. Su padre, el ingeniero químico Jorge Jacky; su madre, la ama de casa Ethel Neira, hija de un camarista renombrado. La familia vivía en la exclusiva zona del centro, en una casa con prosapia ubicada en Montevideo entre Mitre y Chile. En esos días, el lugar todavía era un barrio y no estaba invadido de locales comerciales: la gente salía a las veredas por las noches a charlar. Jorge fue el primer hijo del matrimonio; dos años más tarde nacería Eduardo, su hermano menor.

Pero Carolina no era Carolina. El bebé tenía pene y sus padres lo bautizaron con el nombre del papá. Carolina era Jorge. Tuvo que esperar 53 años para dejar de serlo.
Los primeros recuerdos se remontan hacia sus cuatro o cinco años. Su madre tenía muchas amigas embarazadas y al niño le llamaba la atención ver a esas mujeres con la panza hinchada. Entonces, su madre le explicaba lo de las cigüeñas que venían de París. “Hay que recordar que por esas épocas no había televisión. Con esto quiero decir que no había información más que la que nos daban los mayores”.

Como todos los niños de familia acomodada de la década del ‘50, Carolina, vestida y nombrada como Jorge, era obligada a rezar antes de ir a la cama, algo que hacía junto con su hermano; ambos se entregaban a las oraciones que incluían padrenuestros, ángeles de la guardia y avemarías. Luego, se les permitía una suerte de bonus track: que pidieran deseos. Y estos podían no ser dados a conocer.
Entonces el niño Jorge desnudaba su deseo más inquietante y por eso mismo inconfesable.

“Virgencita te ruego que mañana, cuando me despierte, tenga en mi panza un bebé”.

Se metía en la cama y esperaba el beso de las buenas noches de su madre. A la mañana siguiente Carolina se tocaba la panza y notaba que, una vez más, la Virgen no había escuchado sus pedidos.


Ella prefiere que las entrevistas sean llevadas a cabo en un bar literario evangelista, “porque son como más honestos, cobran más barato y no tienen prejuicios”. Carolina saca de su cartera un DNI verde, algo ajado y lo coloca sobre la mesa: “miralo”, pide.

Al abrirlo se ve la foto de un hombre mayor, semicalvo, que mira con un dejo de cansancio hacia el costado. En la parte del nombre se lee Jorge Raúl Jacky. Es un documento cuadruplicado, con fecha de emisión del 9 de enero de 2005. Es el último DNI que sacó como hombre.

— ¿No ves nada extraño en esa foto? — pregunta.

Y es verdad: su gesto de agobio y cansancio es tan palpable que impresiona, su mirada pesa al dirigirse al infinito del tres cuartos perfil.

— En ese entonces ya estaba cansada de ser un hombre. Mi psiquiatra ya me lo había dicho: “Vos no podés seguir así; de hacerlo te queda un solo camino: el suicidio”. Y te lo juro que era verdad.

La mujer que ahora luce con más pelo, producto de un implante capilar, y con una tenue tonalidad rubia, hace un pequeño esfuerzo para no llorar.


Carolina, bajo el nombre de Jorge, ingresó a la escuela primaria ICEI de Mendoza, una institución novedosa e innovadora para la década del ’50. Era privada y costosa, mixta y bilingüe. La principal preocupación de Jorgito, que lo acompañaría durante casi toda su vida, era que nadie supiera su secreto. “Me sentía rara, pero no sabía qué me pasaba”.

A los ocho años, fue víctima de una fuerte hepatitis y tuvo que pasar su cuarentena en cama. Como el aburrimiento era total, su madre le compraba las revistas para niños de esa época, historietas y la histórica Billiken. Justamente en una de las Billiken, Jorgito dio con un juego en el que se enseñaba a bordar telas. Y su cabeza de mujer le dio otra señal.

— Mamá, comprame telas y agujas, quiero bordar un pañuelo.

— No, ese es un juego para nenas – fue la respuesta.

Carolina se quedó sin juego y Jorgito no dijo nada. “Nunca me quejaba cuando era chica”, afirma ahora.

En el amanecer de su adolescencia, Carolina, en la piel de Jorgito, recuerda su costado femenino con confusión.
— No me sentía afeminada; al menos no lo notaba.

Jugaba con chicos y chicas por igual; “a los soldaditos; pero no al fútbol, que nunca me gustó”. Lo que sí, cada vez que tenía la ocasión, se encerraba en su habitación, sacaba algunas prendas del placard de su madre y se vestía de mujer frente al espejo. El ritual duraba poco y, ventana mediante, Carolina veía a sus amigos y a su hermano jugar en la calle. Luego regresaba la ropa al cuarto de su mamá y se sacaba el poco maquillaje que se había colocado torpemente.

En su cabeza de chica una idea ganaba fuerza: “A mí me pasa algo y no me lo quieren decir; algo me están ocultando. Y no tengo con quién hablarlo”. Sus padres le contaron que cuando nació había tenido un problema: ‘Naciste como ahogada, te faltaba el aire’. El Jorge bebé fue atendido por el médico Humberto Notti y salió airoso de todo problema. Entonces pensó que aquel episodio tenía que ver con lo que le pasaba con sus sentimientos.

A mediados de los ’60, un casi adolescente Jorge ingresó al colegio religioso de los hermanos maristas, después de rechazar la sugerencia de sus padres para que se inscribiera en otra institución insignia de la Mendoza conservadora: el Liceo Militar General Espejo, donde el cursado era de lunes a viernes y la instrucción era de corte militar.

En el colegio de los maristas, la preocupación de Jacky se renovaba una vez más: “No vaya a ser que se den cuenta de lo que siento”. Además ahí todos los chicos jugaban al rugby.

— Yo fui solo una vez a un entrenamiento y el DT fue tajante: “Esto no es para vos”, me dijo en la cara.

Carolina no registra haber sido víctima de discriminación en aquellos años. En épocas en las que no se hablaba de género, cuando no existía la palabra ‘gay’, ni nada parecido, recuerda a sus compañeros como amables y respetuosos.

— Lo que sí durante todos los años del secundario, para el Día de los Estudiantes, se elegía en broma a uno de nosotros como Reina de la Primavera. Bueno, todos los años yo fui la elegida.

Mientras, los cambios hormonales no se manifestaban en el cuerpo del joven Jorge Jacky. Sus padres habían advertido semejante extrañeza y actuaron en consecuencia. El tiempo pasaba y el vello del varón adolescente se hacía esperar.

— No me crecía la barba y mi voz era suave y finita.

Para la medicina de entonces, lo que el joven padecía era una suerte de enfermedad que desaparecería en la medida que siguiera los pasos que los profesionales le indicaran y eso era que se aplicara hormonas masculinas.
Para que luciera como un varón, sus padres la llevaron a un endocrinólogo que le inyectó hormonas de macho dos veces por semana. Carolina tuvo que visitar a una fonoaudióloga también para que su voz empezara a “parecerse a una voz de hombre”.

El despertar sexual propio de la adolescencia, dormía la siesta en su cuerpo.

— No tenía deseos sexuales; ni para con hombres ni para con mujeres. La pasaba mal: después de gimnasia, nunca me bañaba en los baños del colegio y jamás me desvestía delante de mis compañeros; sentía un profundo pudor femenino.

“Las hormonas van a corregir el error que hay en tu cuerpo; porque no es otra cosa que un error”, le decían los médicos.


En un intento cristiano, a fines del colegio secundario, un tímido Jorge se acercó hasta un sacerdote para confesarse. El adolescente tomó aire y después de dejar la vergüenza de lado, dijo:

— Padre, no sé muy bien qué pasa con mi cuerpo ni con mis sensaciones; solo sé que muchas veces siento que hay una mujer adentro mío.

Del otro lado del cubículo hubo un silencio; luego un resoplo y por fin la palabra de Dios por la boca del cura:

— Lo tuyo es apenas una fantasía que debes alejar de tu mente, aleja esos malos pensamientos de tu cabeza.

Luego le dio a rezar padrenuestros y avemarías.


La llegada de la explosiva década del ’70, con una juventud nacional politizada y combativa, sorprendió a un joven Jorge Jacky como estudiante de Derecho de la Universidad de El Litoral, en Santa Fe. A aquella ciudad fue a parar a una casa de estudiantes a vivir una vida excitante.

— Alquilábamos una casa con poco dinero; hacíamos peñas y usábamos pantalones Oxford, pelo largo y camisas bordadas color té, como decía la canción.
Su apellido, Jacky, le servía a Jorge como una suerte de atenuante de género. Todos lo llamaban por él; y además era un apellido que mezclaba lo femenino y lo masculino. Le gustaba. ‘Hola Jacky’, le decían. Y sonaba bien; mejor que Jorge.

Además su cuerpo, para ser de hombre, presentaba demasiadas curvas. Los pantalones que usaba se adherían a su contorno del mismo modo que los Oxford lo hacían con los de las mujeres de la época. Jorge continuamente tenía que escuchar los comentarios de sus amigos acerca de su figura femenina. También, las pocas veces que estaba a solas en la casa de estudiantes, Carolina llevaba adelante aquel ritual de usar ropa de mujer: pero allí, donde no tenía cuarto para ella sola, se encerraba en el baño para verse una vez más, como una chica. Lo que ya no hacía era prestarse para disfrazarse de mujer cuando sus compañeros y compañeras se lo pedían para una broma.

Así y todo, el 14 de octubre de 1970 conoció a un amor y el 28 de ese mes se pusieron de novios.

— Prefiero no involucrar a gente en mi historia personal — dice incómoda Carolina—.

De ella solo se puede decir que era una chica de casi la misma edad de Jorge, oriunda de Paraná, extremadamente católica. Ambos llevaron adelante el dogma de llegar vírgenes al matrimonio. Y eso hicieron: unos años después, sería su esposa.


Jorge cumplió con los mandatos sociales: terminó la facultad: se recibió en marzo de 1976. Formó una familia y a poco de regresar a su provincia, consiguió un trabajo estable.

Jorge Jacky se casó con su novia de toda la vida. Los hijos, dos varones que llegaron en 1981 y 1982, completaron una “familia tipo”. Era un abogado del foro de Mendoza, con una esposa, dos hijos y con trabajo “decente”. Auto y hasta mascotas.


A mediados de 1982, después de la hecatombe de Malvinas, el abogado Jacky fue convocado para hacer política. Su padre era íntimo amigo del ingeniero Álvaro Alsogaray, quien visitaba a los Jacky cada vez que iba a Mendoza. En 1983, después de las elecciones que consagraron a Raúl Alfonsín como presidente, Jorge Jacky aceptó trabajar para la UCDé (el partido de Alsogaray). Y en 1987 se candidateó a gobernador de la provincia de Mendoza.

— Obviamente, no ganamos.

Dos años más tarde, con Carlos Menem como presidente, al abogado Jacky lo convocaron a formar parte del Gobierno; “Mucha gente de la UCDé ocupó cargos en la era Menem”. Al que accedió Jacky fue el de Asesor de la Administración General de Puertos, por el que recibiría un sueldo bien menemista, “por más que yo era de Mendoza y no tenía experiencia en puertos”.

Vivía de lunes a viernes en Buenos Aires y los fines de semana regresaba a Mendoza. Carolina, seguía en el sótano, bajo las cuatro llaves, y ya prácticamente no hacía ningún ruido; era como un preso resignado.


Poco más de un año duró aquella fascinación por la política. El padre de Jacky falleció y el abogado, con entonces casi 40 años, resolvió regresar a Mendoza.

— La política me había desilusionado mucho. No me gustó. Vi todo demasiado de cerca.

La vida continuaba anclada al mismo andarivel del desgaste. Hasta que una revolución mundial llegaría para lograr una revolución interior en el abogado Jacky: la instalación doméstica de internet.

Por las noches, después de cenar y cuando estaba seguro de que su familia dormía, el abogado Jacky se sentaba frente a su PC e ingresaba al universo de internet en silencio. Posaba, suave, las yemas de sus dedos sobre el teclado, retenía un poco su respiración y escribía un nombre para ingresar a los chats de la época: ponía “Carolina”.

— No tardé en darme cuenta de que lo me pasaba a mí tambiéni le pasaba a miles de personas. Me enteré de que no estaba equivocada ni enferma.

Por esos años comenzó a leer a profesionales y a diferenciar términos que no conocía.

— Me preguntaba, ¿soy homosexual?. Me respondía, no; ¿soy travesti?, no. —. Y así accedía a cada vez más información en sitios donde se contaba qué era ser trans, la disforia de género y el síndrome de Harry Benjamin.

— Los primeros años del llamado “Nuevo Milenio” fueron intensos y difíciles; cada vez me costaba más enfrentar esa realidad en soledad.

Su cuerpo empezó a pagar por todo: estrés, cólicos renales, hipertensión, ansiedad, depresión se hicieron presentes; de manera tal que sus conocidos y hasta su familia comenzaron a darse cuenta de todo lo que ella ya no podía ocultar.

En 2002, a los cincuenta años Jorge decidió visitar a un psicólogo. En la primera entrevista no comentó el tema, pero en la segunda sesión no hubo escapatoria. Por primera vez en su vida, Carolina se desnudaba y hablaba de su mundo femenino. Del niño que se vestía de mujer con ropa de su madre, del adolescente que maquillaba su cara a escondidas, del marido que aguardaba un momento de soledad para sentirse una mujer en su casa.

— El psicólogo, para mi sorpresa, me explicó de la disforia de género y de sus implicancias. Terminó por decirme que la única salida era contar todo de una vez.
Jorge Jacky ya había comenzado el camino que los especialistas llaman “transición”, camino que le incluyó, por caso, aprender a caminar con tacos por largos trechos. Un sendero lleno de peligros: el del que toma la decisión de abandonar una piel para siempre, para irse de su sexo genital hacia su verdadera sexualidad.

La veta religiosa también fue consultada.

— Fui a ver a dos sacerdotes. Es increíble darse cuenta de lo que saben los curas y uno cree que no. Uno de ellos me dijo: “No es un tema de elección de nacimiento, lo tuyo está dado por Dios, no te avergüences”.


Nadie muestra su cambio de sexualidad de un día para otro. Tampoco Carolina Jacky. Lo suyo fue paulatino, de a poco. Empezó a vestirse con prendas de las llamadas unisex, con pequeñas dosis de maquillaje en su cara. Una especie de andrógino que desorientaba a mucha gente. Los cuidacoches al principio le decían señor, pero con el paso del tiempo, cada vez más gente empezaba a tratarla de mujer, de doña, de señora.

Desde setiembre de 2010 tiene su DNI donde es Carolina, ese nombre gracias a las nuevas leyes de género. Su cara de mujer luce radiante en la foto; y hasta sonríe.
Ese año, en el Colegio de Abogados de Mendoza, hubo una reunión extraordinaria convocada por su mandamás, Daniel Ostropolsky. En ella, el hombre puso delante de muchos abogados a Jorge Jacky vestido de mujer y dijo: “Señores, con ustedes, la doctora Carolina Jacky”.

El 23 de octubre de 2014, Carolina Jacky daba una charla sobre “violencia de género” en la Universidad de Congreso de Mendoza, propiedad del empresario mediático local Daniel Vila. “Yo donde tengo la posibilidad de hablar de este tema, hablo; no me importa dónde sea, yo milito esta causa”, aclara.

Hoy, con cuatro años como Carolina, la doctora Jacky es la abogada mejor especializada en violencia de género en Mendoza. La llaman de todas las provincias y desde el extranjero. “Me encanta lo que hago”, confiesa la mujer que ha salido en los medios más importantes del país a partir de sus logros judiciales en materia de género.

Se lleva bien con su ex esposa y sus dos hijos. Y vive con una mujer trans. No está en pareja.

— No es fácil para mí a los 62 años. Mido 1.70, “lo que me alcanza para presentarme para reina de la Vendimia— ríe.

Cuenta que se levanta todos los días con ganas de hacer cosas por quienes sufren violencia por ser mujeres. Que tiene proyectos en mente y un espíritu de lucha que no conocía en ella. Rindió exámenes para ser camarista federal de Apelaciones de Mendoza y, en caso de ganar, sería la primera trans de América en ese cargo. Y todos los días toma sus pastillas de hormonas femeninas y de castración química.
En cuatro años como mujer abogada ha hecho mucho más que en los 34 que hizo como hombre.

— Eso quiere decir que mi cerebro femenino funciona mucho mejor que mi cerebro masculino.

Termina en el bar mientras la moza le pregunta: — ¿Va a querer algo más, doctora?

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