* Por Pablo García

Estudió Publicidad en Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)

Creativo.

 

 

Me salió un viaje de trabajo a New York para visitar a un par de clientes de la empresa para la que trabajaba. Una semana. La idea de ir me excitaba pero nublaba mi alegría el miedo que le tengo a los aviones. Le pedí a mi mamá algo de lo que a ella le recetan para dormir y con eso asegurarme un trance de diez horas hasta bajar en mi destino.

New York es un lugar que me encanta. Pero su tamaño y la desmesurada arquitectura, ciertamente, acojona. La gente va y viene, los subtes llevan pasajeros todo el día de una punta a la otra y los autos son una comparsa que desfila al compás de las bocinas. Sí, son más educados que nosotros al conducir pero, en una metrópolis de esa envergadura, la paciencia no es un don de muchos. La Gran Manzana, la Babilonia moderna, es un caos visual, sin embargo, de forma extraña, parece funcionar todo a la perfección.

Después de las reuniones que tuve por trabajo me quedaron un par de días libres. Salí a caminar.
Me encontré parado en la esquina, mientras escuchaba las bocinas. Al lado mío había una docena de personas pero del otro lado me esperaba un pequeño ejército de transeúntes dispuestos a llevarnos puestos. No había un hueco visible entre persona y persona y temí quedar atrapado en esa masa llena de apuros en una jornada laboral.

El semáforo se puso en rojo para los autos y nosotros quedamos habilitados para cruzar. El pelotón de enfrente comenzó su marcha y sin razón aparente más que el apuro laboral se empezaron a dispersar de manera desordenada quedando expuesto, a la vista, un puesto de panchos o hot dogs. La comida chatarra es más que habitual en este lugar y parte de su cultura. Para mí, comerme uno de esos perritos calientes lleno de salsas de colores y sabores distintos era todo un premio. Siendo sincero, valieron la pena los dos que me comí.

Un par de cuadras antes el perfume del ambiente comenzó a cambiar. Fritos y especias comenzaron a cosquillear en mi nariz y tuvo su eco en la boca de mi estómago. Dos panchos habían sido solo un tentempié. En solo unos pocos metros de recorrido New York le soltaba la mano a occidente y entraba en un mundo lleno de cultura y capitalismo milenario. Estaba frente a la entrada misma de Chinatown.

Los chinos tienen más historia que la historia misma y llevan su cultura consigo; lo bueno y lo malo viene en valijas con olor a arroz y a mar, al menos eso es lo que me parecía ya que la gente llevaba impregnado su aroma en la ropa. También cargan con sus tradiciones, sus supersticiones y un idioma ininteligible. Muchos de ellos no vienen de pueblos perdidos y olvidados por la civilización, sin embargo, hay un miedo mágico en ellos que se hace más que palpable en los elementos que, para nosotros, son puro adorno.

Una vez dentro del perímetro de aquella China occidental, los olores eran cada vez más intensos. Los puestos callejeros como el de los hot dogs tenían una función similar pero con menúes típicos de oriente: mucho frito y pesado. Había uno que estaba ornamentado como si fuese un pequeño altar entre lazos de color rojo, figuras pintadas en banderines y figurines vestidos de alguna dinastía que no llegaba a identificar. Pedí unos langostinos fritos a aquella señora del puesto. Una mujer mayor de una estatura mínima. Me di vuelta y miré a mi alrededor para observar a todos los peatones que por allí pasaban: yo era Gulliver de paseo por Lilliput.

-Four not lucky number – me dijo en un inglés plagado de saltitos fonéticos mientras su manos enseñaban con descontento cuatro dedos.

Luego intenté que me contara más sobre las figuras que decoraban su puesto. Quería saber si eran dioses protectores de algún tipo y de qué podían protegerlos.

-No, no, no more talk. No more talk.

La señora no quiso profundizar en detalles sobre esas cuestiones y su actitud cambió al referirse a ello. El mundo inmaterial no es chiste ni parte de conversaciones banales, menos aún para los extranjeros.

Me llevé a pasear mis dos langostinos mientras pensaba en aquellas cuestiones sobrenaturales y la incidencia que tenían en esa cultura. Me gusta mucho la mitología y este tema me quedó picando.

El recorrido era de una contaminación visual extenuante. Sumado a ciertas estructuras que respetaban la arquitectura de los típicos templos, los carteles escritos en chino se sumaban a la ornamentación que colgaba en el exterior de las fachadas de los negocios. En toda la arquitectura y la decoración existía un color predominante: el rojo. Todo es rojo y una vez allí, aquella tonalidad te recibe como una tromba que se cuela en las pupilas. El color también forma parte de su legado y está presente en cada negocio en formas diversas, colgados de los lugares más insólitos y tapando espacios estratégicos.

Se me ocurrió entrar en uno de ellos y me quedé observando el alud de chucherías que había allí adentro. En un rincón descansaban unas figuras de no más de cinco centímetros de alto de color bordó y brillantes, como si hubiesen sido víctimas del exceso de barniz. Había gordos, flacos, sentados y otros parados haciendo algún ademán o señal con sus manos. Pensé en emperadores de la China milenaria y tomé uno. Me acerqué al mostrador donde el vendedor con un cigarrillo apagado y a medio fumar leía un diario en chino. Su camiseta sin mangas y de un blanco dudoso me hizo pensar que era otro adorno del lugar que habían olvidado de limpiar desde hacía semanas. En mi mano tenía el dólar que valía aquella baratija. El tendero me miró sin mover su cabeza, le alcancé el dinero.

-Who is this guy?- le pregunté aunque sabía que no eran muy copados con esas cosas.

-Gud, gud- Su dedo índice indicaba hacia arriba y su cabeza daba cabezazos cortos hacia adelante.

Agradecí y me fui. La importancia que aquella figura pudiera tener en el firmamento chino escapaba a mi conocimiento.

El olor de las calles era cada vez más intenso, invasivo diría, por la mezcla agridulce de sus salsas y comidas. A esas alturas, mi estómago tenía vida propia pero estaba antojado de un café y algún pedazo de masa típico de New York. La cafetería estaba a unos pocos metros sobre la misma calle porque, por más que pareciera oriente, cada tanto, debían quedar señales del capitalismo más salvaje. Pensé en la mezcla de los langostinos y el café. Luego calculé a cuánto estaba del hotel.

Compré un café tan grande que agradecí haberlo pedido descafeinado. Había pedido un big pensando que, en Buenos Aires, algo big es un chiste de big. Así es que salí contento de aquella cafetería con mi vaso de algo más de medio litro de café.
Quedaban escasas tres cuadras para salir del barrio chino. Los negocios se hacían cada vez más pequeños ya que la periferia parecía no tener una gran importancia comercial. Más allá, se llegaba a divisar cómo se producía de manera clara el final de un lugar apropiado por inmigrantes y la ciudad que los albergaba. Little Italy estaba cerca así que tome una callecita a la derecha y me dejé llevar por recuerdos visuales ya que no había llevado mapa y tampoco recordaba las calles.
Por primera vez me topé con tráfico y tuve que detenerme en esa esquina a esperar que el semáforo me permitiera continuar. Saqué del bolsillo mi teléfono. El tiempo se había detenido. Apenas había estado dos horas en aquella ciudad enquistada. Me sobraba día y decidí que, si encotraba a la pequeña Italia rápidamente, luego buscaría el subte para ir a Strand Books esa misma tarde. Strand se jacta de tener 18 millas de libros, supongo que sumando sus dos locales; un mundo plagado de papel de las temáticas más variadas, en su gran mayoría usados. Quizás encontrara algún libro sobre China enfocado en sus creencias y no tanto en las dinastías, de esa manera tendría algo para leer en el viaje de vuelta si es que las pastillas de mi vieja no me sumergían sin escala en la tierra de Morfeo.

1 comentario

  1. Me encantó!! puro talento Pablo García! Felicitaciones!!! Flor@

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