*Por Carla Kammann

Abogada, escritora

 Un día perfecto para el pez plátano

 

Lorena ese año me eligió a mí. Lo tenía bien merecido. Me había esforzado todo el año para que me invitara a su casa de playa.  Me Iba por siete días a la casa más conocida por lo linda, grande y lo más importante, vecina a la de Gastón.

Mi madre estaba loca de contenta porque me invitaron los Pereyra. Ella decía que valió todo el sacrificio que hizo para que yo fuera al colegio Santa Catalina de los Arroyos. Decía que iban familias “bien” y no “de bien”, como repetían las monjas.

Me tuvo joven, y muchas veces nos preguntaron si éramos hermanas. No me molestaba.  Era cajera de un restaurante bastante paquete del puerto. Lo mejor de trabajar ahí, era que traía todas las sobras: salmón, boquerones, lomo al champignon. Si algo no faltó en casa fue la comida. Madre faltó, ya que trabajaba hasta tarde, y mi padre era piloto de avión de una compañía Sueca. Vivía en Estocolmo, con su esposa y mi nuevo hermanito. Él quiso llevarme con él, pero mi madre se opuso terminantemente. Cada quince de Abril, en mi cumpleaños, me visita. Conversamos y nos reímos mucho. Una vez le dije que me quería ir con él.  Mi madre al enterarse revoleó los platos y me dejó sin televisión por una semana. A ella, todo le duraba una semana.

Cada tanto mi madre traía algún que otro cliente a dormir.  La escuchaba pegar las paredes, y decir cosas como “Qué lindo, cómo me gusta”.  No me molestaba. Al día siguiente su amigo nos llevaba a algún shopping a comprar linda ropa.  Pobre. Tuvo una vida difícil. Mi abuela murió cuando ella tenía nueve años, y se quedó con “su padre”, tenía prohibido llamarlo abuelo. Una vez, él llamó para mi cumpleaños y la oí gritar “maldito, no llames más, me arruinaste la vida” después, se encerraba en su cuarto a llorar. Una vez le pregunté porque estaba tan enojada con él. Me miró fijo y contestó “por suerte hija, estoy para protegerte y antes que te toquen un pelo van a tener que pasar por mi cadáver”. Nunca más pregunté, y  le hice caso, no dejé  que nadie me tocara un pelo. No quería quedar huérfana.

 

La familia de Lorena me buscó a las seis de la mañana por casa. En una camioneta negra con triple asientos.  Mi madre fingió lágrimas, le encantaban las despedidas, estudió teatro muchos años “llamá hija, que me quedaré sola esperando tu llegada” decía.  Lo peor del viaje fue soportar los gritos de los gemelos, escuchar los ronquidos de la madre y  sostener el espejo a Lorena para que se depilara las cejas. El padre era divertido. Nos convidaba chocolates, café, y  cantaba temas de Abba.

Si mi madre hubiera visto la casa de los Pereyra. Se hubiera desmayado. Dos plantas. Cuartos con baños, y la terraza con el mar de frente.  Lorena me acompañó hasta mi habitación. La cama era mullida, edredones finos y cortinas blancas. Acomodé ordenadamente la ropa en el armario. Doblé el piyama de Garfield sobre la almohada.  Abrí las cortinas y ahí estaba el mar verde esperándome.  Estrené la bikini de florcitas violetas con la salida de baño haciendo juego. Toqué la puerta de Lorena.

  • Lore  ¿Vamos a la playa?
  • ¿Te parece? A esta hora hace frío.
  • Vamos abrigadas.
  • Bueno, está bien- resopló- Esperá a que me prepare.

Cerró la puerta y la esperé apoyada en la pared.

  • ¿Te gusta la casa?- dijo el padre arrastrando una valija por el pasillo.
  • Es como la de las revistas- contesté- ¿Lo ayudo?
  • Es pesada- Hacía una fuerza tremenda para subirla por los escalones.
  • Usted debe hacer mucha gimnasia- dije y se le resbaló la valija.

Fue gracioso ver la Samsonite de plástico rebotar por los escalones. La frené con las manos.

–  Estoy acostumbrada a subir muebles- dije-  La última vez que nos mudamos subimos todo hasta un séptimo piso- la levanté de la manija.

  • Gracias Viole- me miró- ¿Vas a la playa?
  • La espero a Lore para ir juntas.
  • ¿Cómo la convenciste? Ella odia la playa.
  • ¿Cómo la puede odiar?
  • Un gen materno quizás- se encogió de hombros.
  • ¿A usted le gusta?
  • A tu edad barrenaba en este mismo lugar- acomodó la valija- Cuando sopla el viento oeste se arma una ola perfecta.
  • Que divertido.
  • Lo era.

Lo miré bien. Tenía bastante pelo, así como revoltoso.  Me reí, y él también.

  • ¡Marcos¡- gritó la esposa- Subí la otra que interrumpe el pasillo.
  • Vayan a disfrutar.

Bajé la escalera a saltos. Lorena seguía con la puerta cerrada. Toqué. “Ya voy” dijo. Me senté en un cómodo sillón del pasillo bajo un ventanal. Pegué la nariz al vidrio. Le tiré aliento y dibujé un corazón. Dentro de él vi la casa de Gastón.  Tenía que convencerla a Lorena para verlo. Desde la última vez, hace cuatro años, me habían pasado muchas cosas. Ya era toda una mujercita, tenía tetas y medía un metro setenta.

  • ¿Lorena ya estás?- Abrió la puerta y seguía con la misma ropa.
  • No es divertido caminar por la playa- dijo.
  • Podemos mirar la casa de al lado- guiñé el ojo.
  • ¿Para qué? Si vamos a  lo de los Iturriaga a comer.
  • ¿A lo de Gastón Iturriaga?
  • ¿No me digas que no lo sabías?- suspiró- Mis papás son íntimos de los padres.
  • ¿Estamos invitadas?
  • Obvio- levantó los ojos-Lo mejor es que descanse para estar despierta a la noche. ¿Querés recostarte en la cama de al lado? Puedo leer en voz alta unos poemas…
  • No Lore, descansá tranquila- dije cerrando la puerta.

Salté de alegría. Íbamos a la casa de Gastón esa mismísima noche. Fui a la cocina. Una señora muy arreglada sacaba algo del horno.  Me senté en la mesada.

  • ¿Qué huele tan rico?
  • Scones salados- dijo apoyando la tabla.
  • ¿Puedo probar?

Apartó uno y lo dejó cerca de la ventana.

Me llevé un par envueltos en una servilleta. Salí a la galería y bajé por la escalera de troncos hacia la playa. Caminé descalza por la orilla.  Mi madre me había llevado dos veces a la costa. La primera a los seis años,  a un departamento de un amigo de ella. Fueron días inolvidables, salvo los fines de semana que llegaba Esteban, su amigo. Se encerraban en el departamento y me mandaban a buscar caracoles. Volvía con bolsas repletas que durante una semana decoraron la mesada del living. La segunda vez, fue a los doce años.  Unos amigos de mi madre alquilaron una cabaña muy fea cerca de la costa. Yo dormía en el sillón del living,  había un solo cuarto para “los mayores”. En las mañanas me entretenía limpiando la casa. Tiraba las botellas, los restos de comida, pasaba un trapo a la mesada  dejando el polvillo blanco. Mi madre me enseñó que  nunca, jamás, debía tocarlo. Ella se levantaba tarde y cansada. Se ponía unos enormes anteojos de sol, cruzábamos de la mano la ruta, y se tiraba cómo lagartija tras un médano.  Durante esos días  hice migas con la hija de uno de los pescadores. Se reía de mí porque hacía círculos en la arena con los pies. Se llamaba Luna.  Tuvimos charlas muy maduras.  Aprendí sobre la marea baja, alta, el pique y los cornalitos. La última noche me invitó a un fogón familiar en la playa. Tenía once hermanos y no sé cuantas tías. Comimos pescado con los dedos. A Luna le gustaba chupar los ojos. Me convidó uno. Dije que no, y me preguntó “¿Besaste alguna vez un chico?”.  Negué con la cabeza. “Vení” la acompañé hacia el médano, el mismo que elegía mi madre para descansar.  Luna dijo que abriera la boca y  cerrara los ojos. Fue mi primer beso. La pasé genial y quedamos en encontrarnos al día siguiente en el muelle. Pero, al volver a la casa mi madre se había enfermado “ de hemorragia” dijo uno de los amigos, y nos volvimos esa misma noche.

Seguí caminando haciendo círculos. Era tarde. Di la vuelta siguiendo mi huella. A esa hora eran semi círculos. De lejos, una persona entraba al mar. Se metió en una ola, en otra, y nadó hacia mi lado. Una brazada, respiraba y otra. En cadencia. Me senté sobre la arena.  Salió hacia donde estaba yo. Sacudió el pelo y sonrió.

  • Hola Viole- dijo- pensé que te iba a encontrar barrenando las olas.
  • ¿No tiene frío?
  • No- sacudió el pelo- necesitaba un chapuzón.
  • Nada muy bien- miré sus brazos y se rió.
  • Por lo visto mi hija no te acompañó.
  • Se quedó leyendo- hice círculos con los dedos de los pies.
  • ¿Querés meterte antes que anochezca?- negué con la cabeza-¿Te da miedo el mar?- negué otra vez- ¿Sabés nadar?
  • Dicen que hay que tener respeto al mar, a la corriente del niño y a esas cosas.
  • Acompáñame – dijo llevándome del brazo- no te voy a soltar.

Esperó a que doblase la remera sobre la arena. La bikini era grande, de esas antiguas.

Caminé al lado de él en puntas de pie. El agua estaba tibia. Miraba hacia los costados, con miedo a que me rozara un agua viva. Toqué algo duro.

  • ¡Un cangrejo!- grité colgándome de sus hombros.
  • Son rocas- rió. Me llevó hacia adentro,  sobre su espalda.
  • En la ola que viene nos sumergimos- dijo- Respirá hondo.

Llené los pulmones de aire, cerré la boca y tapé la nariz con la mano. Sentí la fuerza de la ola arrastrar mi pelo.

  • Que divertido. Otra vez.
  • Salimos de la rompiente- dijo- Ahora, cerrá los ojos y trata de flotar.
  • ¿Si me hundo?
  • Yo te sostengo.

Apoyó una mano en el cuello y otra en mi cintura.  Me dijo que abriera los ojos.  El cielo estaba anaranjado.

  • Estoy en el paraíso- dije y abrí los brazos. Me soltó.

Floté. Cada tanto sentía sus dedos sobre la espalda. Una ola me tomó desprevenida, me aferré a su cuello.  Tosí.  Acomodó mi pelo.

  • ¿Estás bien?
  • No sé, me pica la garganta. Besó mi frente y se lo devolví en la boca. Me alejó, no quería mirarlo. Me acarició la mejilla. Sentí sus labios, salados, rico como los scones.  Abrí la boca. Instintivamente enrollé las piernas a sus caderas.  Fue diferente al beso de Luna.  Sentí un pez espada ahí abajo. Su boca no se despegaba de la mía. No fue tan desgarrador ni conmovedor. Lo sentí nada más. No sé.  Quise desprenderme de aquél hilo, al que mi madre lo cuidaba como si fuera oro en polvo. Quise que él rompiera el cordón umbilical. Fue suave, a pesar de la torpeza de mis movimientos bruscos.

En brazos me llevó hasta la arena. Me tapó. Estuve largo rato sobre sus rodillas, con la cabeza sobre su pecho, bajo el calor de sus brazos, hamacándome.

 

Miré las luces, escuché la música. Busqué la salida de baño, la acomodé bajo el brazo, y enfilé hacia la casa de  los Iturriaga. Arrastrando los pies sobre la arena.

 

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