*Por Flavia Pantanelli

Escritora. Tiene publicada dos antologías de cuentos: “Haceme lo que quieras” (Editorial Outsider) y Carne Rota (Modesto Rimba). Este cuento pertenece a la antología “Carne Rota”.

 
Con cuidado, casi en penumbras, porque la nena duerme, Marga tira de la media con las dos manos y la sube casi hasta la rodilla. El relámpago ilumina por un momento la habitación, y en seguida el trueno, tan cerca: los vidrios de la ventana tiemblan. Todavía no empezó a llover, pero ya hay ese olor a tierra mojada que dice que si no es acá, a dos cuadras, tres,  están cayendo las primeras gotas. No importa lo que le digan, ella va a ir igual. ¿Qué tiene de distinto esta noche de cualquier otra? un poco de tormenta, nada más. ¿Acaso no son las noches todas iguales, en dónde sea que esté, para Anita también? ¿O  ella tendrá descanso, tendrá esperanza, tendrá algo, por el hecho de que afuera llueva?

La media va subiendo por la pierna. Se tuerce, se gira y a la altura de la rodilla es un bollo inmanejable. Marga se la saca con fuerza, casi se la arranca, la arruga y la tira a un rincón. Después, la busca, la desenrolla y la mira un rato largo, colgando de sus manos. Como las piernas de un ahorcado, piensa.

¿Qué diferencia hay en que llueva o no llueva?

¿O Anita, donde sea que esté, se dará cuenta si llueve o no, si es verano o si es invierno? Quién sabe cuál va a ser la noche. ¿Y si es justo esta la noche en que alguna de las pibas de la parada, una nueva, recién llegada de algún otro lado, de Tucumán o de Costa Rica, o de San Fernando, reconozca la foto de su hija?

Se sienta con cuidado en la cama para no despertar a su nieta que duerme atravesada en la cama, con un poco de fiebre. Marga se da vuelta, la mira. A pesar de la suavidad de los movimientos, la nena se sobresalta, ronca una vez o dos, porque tiene la nariz tapada y gira sobre el colchón, dándole la espalda. Vuelve a poner el pie en la embocadura de la media, a tirar despacio, para arriba.

Lo mejor para una noche como la de hoy, piensa, es la zona de Balvanera o San Cristóbal.  Constitución también puede ser. Cualquier cosa, si se larga el chaparrón con todo, se mete debajo de la autopista. La lluvia da para charlar con las otras, porque los clientes vienen menos, pero ellas igual se quedan, a cuidar la parada.

Se inclina un poco hacia adelante y mete otro pie en la media, después la va subiendo otra vez. Así, inclinada, el pecho contra las rodillas, gira la cabeza y mira a su nieta dormir: suda, tiene el pelo pegado a la cara. La boca abierta, los labios un poco paspados. Se alza con cuidado y termina de subir las medias hasta la cintura.

La nena no se parece en nada a la madre, dice siempre Marga. Es la cara del padre. Completamente la cara del padre. Mejor así, piensa, pero no lo dice. No es que tenga cara de hombre. No. Pero mejor, así no se le confunden, a ella, la nena con Anita: no corre el riesgo de creer que la nieta pueda reemplazar a su hija. Así no se olvida, no se duerme, no se resigna.

Acomoda bien la entrepierna de la media, la costura prolija en su lugar. Vuelve a mirar a la nena que es la cara del padre. Mejor, piensa. Que sea fea. Muy fea.

Ella va a afearla. Cortarle el pelo. Hacerla gorda.

Que nadie la mire.

Después se arrepiente.

La ve dormir y se arrepiente.

Le corre el pelo y le mira la oreja. La hélice retorcida de la oreja, un poco rígida, el lóbulo cortón, sin perforar, igual que el de Anita. Le pasa una mano, suave, por la cabeza, se acerca, la huele, se llena del perfume a frutillas, el perfume inocente del champú de frutillas, y le da un beso suave. Entonces la ve así, tan linda, con los labios rojos por la fiebre, y se arrepiente, se arrepiente, se arrepiente.

Y le da miedo.

Miedo de que sea linda como Anita.

Corre un poco la silla, se sienta frente a la mesa con espejo y enciende un velador. La luz suave, amarillenta, dibuja un círculo sobre una foto protegida por un vidrio: Anita. Tiene a la nena en brazos, para las fiestas de hace tres años. Un papá Noel de traje brillante y barba enrulada trata de darle un beso, pero la nena llora, y se abraza con fuerza al cuello de la madre. Anita mira a la cámara, sonríe. Todavía tenía el pelo largo, todavía no se lo había cortado de un costado. Eso fue el invierno siguiente.

Se recoge el pelo y lo aplasta dentro de una redecilla. Acerca la cara al espejo y se mira de frente. Se pasa una mano por las ojeras. Suspira. Agarra el delineador, se lo lleva a la boca, lo moja con un poco de saliva y dibuja en el ojo derecho una línea gruesa, definida que prolonga un poco hacia arriba. La habitación vuelve a iluminarse por un relámpago: ahora el trueno es menos fuerte y caen las primeras gotas. Marga las ve resbalar por el vidrio y un remolino de hojas secas, rotas parece querer levantar vuelo en el balcón. Todos le preguntan lo mismo: ¿con esta lluvia vas a salir? ¿Hoy también vas a salir? ¿No te da miedo dejar sola a la nena, que te pase algo, que no vuelvas? Pasa el delineador por el otro ojo y de a poco Marga va viendo en el espejo su transformación de cada noche en Wanda.

No le da miedo dejarla sola. No. Ella no está sola. Tiene a su padre y a la otra abuela. Y también, un poco, la tiene a ella. Le da bronca que le digan que la nena está sola. Qué sola ni qué sola. Sola está Anita allá afuera en algún lado.

Viva o muerta, pero sola.

Y ella también está sola, en la otra punta de este laberinto. Sola. Las dos están solas, una en cada punta de este infierno, buscándose.

Qué va a estar sola esta nena.

Después se arrepiente.

La escucha respirar fuerte con su resfrío. Y se siente culpable. Tan chiquita, primer grado. Sin madre. Porque madre no tiene.

Sí tiene. Sí. Se llama Anita.

Anita Alarcón.

Se sube el short de lentejuelas azul. Con el short de lentejuelas ya es por completo Wanda. Una Wanda a medio vestir, pero ya es Wanda. O al menos mucho más Wanda que Marga.

A Wanda no le preocupa dejar a la nena sola ni la lluvia ni nada. Solo una cosa le preocupa y es encontrar a Anita. Y no puede. Cada noche sale a encontrarla, y no puede. No es que no la quiera a la nena. Aunque se parezca al padre, aunque se parezca a Anita: la quiere. Le tira los bracitos al cuello y le dice abuela. O Marga. Una vez le dijo mamá. Salían de la escuela, de un acto del 25 de mayo y la nena le dijo mamá. Y ella le dio un bife. Después se arrepintió. Pero ya estaba hecho.

Sí. La quiere. Pero Anita la llama cada día. De noche cuando duerme. Y de día, le parece verla en cualquier lado: la de veces que casi se tiró del colectivo porque le pareció verla en alguna esquina, entrando, saliendo de cualquier parte, subiendo a un auto. Anita la llama. No sabe desde dónde, pero la llama, le habla.

Casi todo el tiempo tiene la seguridad de que su hija no está viva. Y eso la alegra. Y se siente terrible. Que esté muerta. Piensa que ojalá esté muerta. Porque muerta no pueden hacerle ya nada. Pero se arrepiente.

Es posible que esté viva.

Ahora se pone el top de lurex, rojo y dorado, ajustado como una faja, sobre el corpiño con relleno. Mira de reojo a la nena. Vigila que duerma. No le gustaría que la nena la viera así: le daría vergüenza. Qué se le puede explicar a una criatura de seis años. La madre que no vuelve, que no está. Y ahora esto, la abuela vestida así, con esas medias, ese short de lentejuelas. Y el top de lurex, brillante.

A veces sueña que Anita está viva. Y que no está muy lejos de su casa. Otras veces, no. Sueña que está lejos, en Catamarca, en Paraguay. Pero viva. De una manera orgánica, viva. Porque no cree que su alma siga viva. Después de tanto, no.

Pero quiere que esté viva.

Con todas sus fuerzas reza para que esté viva.

Quiere que esté viva.

Quiere y no quiere.

Afuera ahora llueve fuerte. Escucha el viento doblando los árboles, silbando en las rendijas. Ella igual va a salir. Como cada noche, ella va a salir a buscarla.

Desenrosca la máscara para pestañas negra,  y se pasa el cepillo por el ojo derecho. Un mal movimiento y se le mete en el ojo: duele,  le lagrimea. Un manchón negro se le hace todo alrededor, al frotarlo. Tiene que volver a empezar, se limpia, el delineador y otra vez la máscara. Una vez, dos, muchas, hasta dejarse una costra grumosa, negra, compacta como un escudo.

Ya casi está listo el uniforme de cada noche, el disfraz de Wanda. El nombre se lo puso Shyla, una travesti de Merlo. La vio llegar, así vestida, la primera noche y gritó: ¡cuidado que ahí viene Wandergúman!

Wandergúman, gritaron todas, cagadas de risa, mirando de reojo a Shyla, obedeciendo a Shyla.

Y de ahí le quedó Wanda.

Con el disfraz ese, con esa armadura, ella sale cada noche, hace dieciocho meses a patear la calle, a chamuyar clientes, a sobornar canas, a meterse en cualquier tugurio, a lo que haga falta, hasta encontrar a su hija. A meterse en todos, en cada uno de los tugurios, no dejar ni uno sin revisar, ni uno solo, porque Anita en alguno tiene que estar. Y la va a encontrar. A Anita y a los hijos de puta que la tienen, la Yoli y el Sairi.

Se pasa varias capas de máscara por las pestañas del otro ojo. Ahora sí parece que tuviera los ojos abiertos. Sin esa raya, los ojos son como carne muerta. Casi no miran. Casi no ven. Esos ojos huelen. Huelen cualquier señal de Anita. De la Yoli, del Sairi. Huelen los rastros, las señales, siempre entre piedras, entre escombros, trapos sucios, colchones. Siempre de atrás. Pisándole los talones, siempre tarde.

Cuando ya se fueron todos, los clientes, las Anitas y solo quedan trapos sucios, colchones hediondos, botellas rotas. Ya se fueron todos, las Anitas y las yolis, los sairis y todos los reverendos hijos de puta.

Los hijos de puta que son casi todos minas, se viene dando cuenta. La mayoría son mujeres. Los poronga, como el Sairi, no se ensucian. El laburo sucio lo hacen minas. Como la Yoli.

No la quiere ver muerta a la Yoli. No. Lo que quiere es que le agarre un cáncer. Un cáncer lento. Que la mate de a poco. Que la queme por dentro. Que duela. Pero antes que le diga dónde la tiene a Anita.

Viva.

O muerta.

La lluvia golpea los vidrios. Una ráfaga abre con fuerza la ventana, el marco golpea el velador, lo tira al piso, las cortinas se agitan, se retuercen, se empapan. Wanda se apura a cerrar antes de que se despierte la nena; el aire es helado, los árboles se sacuden con violencia, los flecos de los toldos hacen ruido a chicotazos,  el farol se balancea en la bocacalle, hasta que el foco explota. La calle queda a oscuras. Wanda se apura a cerrar la ventana y ve, a la luz de los relámpagos, el auto azul estacionado otra vez en la esquina. Le parece ver, esta vez la sombra de dos personas adentro, pero no puede estar segura.

Vuelve a la mesa. Seca unas gotas sobre el vidrio que protege la foto de Anita. Ahora se acomoda la peluca negra con esos rulos de muñeca sobre en su cara de vieja.

Cuanto peor le quede, mejor. Así no la levanta nadie. Las noches en que no la levanta nadie, ella trabaja tranquila. Puede acercarse a las chicas y, si da, cruzar alguna palabra. Las chicas a veces le hablan, a veces no. Casi siempre no. Ella se les acerca, les da charla y saca de su cinturón una foto de Anita, dos, tres. Y plata. La plata que, a veces, ablanda las lenguas. Pero, en general, las pibas no hablan. Wanda les ve el miedo en el fondo de esos ojos pintarrajeados como máscaras. Hacen que se ríen, como si ella les hubiera contado un chiste, miran para todos lados con disimulo, y se alejan unos pasos.

No sabe si le dan pena, o no. Toda la pena es para Anita. No tiene lugar para más pena.

No es verdad.

Quince chicas lleva, liberadas, en estos dieciocho meses.

Cuidate, le dice la vecina cada noche que ella sale.

Destapa el lápiz de labios, lo hace girar, y la barra colorada asoma del cartucho como un glande. Con mucho cuidado va dibujando el contorno del labio con esa masa grasosa que con el correr de las horas se derrite, le pinta los dientes, se le mete en la boca, le llega hasta la garganta, le envaselina la lengua.

No le da asco.

Antes sí.

Tampoco le da asco la de pijas que tiene que chupar, la de semen que tiene que escupir o tragar, para justificar, cada tanto, la presencia en la parada. Al principio, sí. Vomitó la primera vez. Tal vez haya sido un reflejo, al tocar la campanilla. Pero no. Sabe que no. Que fue el horror de pensarla a Anita, en ese mismo momento, en esa misma posición, arrodillada sobre un tipo, quién sabe dónde, quien sabe cómo, tal vez drogada, encadenada a una cama, cagada a palos y la pija entrando, saliendo en su boca, el semen saltándole, tocándole la campanilla, igual que a ella, en ese preciso instante, disparado a su cuerpo, y después, otro, y otro más, ¿Cuántos en un día? ¿Ocho? ¿Quince? ¿Cuántos?

De imaginarla a Anita en la misma posición que ella.

Pensó en eso y vomitó.

Se levantó, se dio vuelta y vomitó.

¿Dónde?

Sobre todo dónde.

Piensa en eso y la náusea la vuelve a invadir.

Se lleva una mano a la boca, contiene el espasmo.

Agarra una de las botas rojas.

Se la pone en el pie izquierdo.

Tantas pistas, todas falsas. Falsas para Anita pero no para las otras.  Quince chicas lleva, Wanda, liberadas. Todas menores. Diez detenidos, en la causa Anita Alarcón, todos perejiles, y un cabo. Pero la Yoli se le escapa, y el Sairi. Y, más que todos, el Poronga Mayor, que trabaja para las fuerzas.

Se pone la otra bota. Por esas botas, Shyla le dice Wandergúman. Las botas rojas, altas hasta la rodilla. Donde lleva la plata que ablanda las lenguas, y para el poronga, para que la deje laburar.

Abre el cajón de la mesa de luz. Saca una foto donde se ve a Anita embarazada, otra en la que se la ve con el pelo corto de un lado, de ese año que se le dio por hacerse la rolinga, y otra en la que está con la nena y el papá Noel, las guarda en el cinturón dorado. Se acerca a la cabecera de la cama. Mira un rato largo a la nena dormir. Acerca una mano y le acaricia el pelo: angel de la guarda, murmura, pero se interrumpe: la nena suspira y se da vuelta con un quejido. Wanda retira la mano, se mira por última vez al espejo, apaga el velador, agarra las llaves, y cierra la puerta con cuidado.

Afuera, la noche está fría; la lluvia le corre por la cara. Wanda se agarra con una mano la peluca, que se le vuela con el viento. Para el lado del río, los rayos cortan el cielo como navajas. Ahí está, nomás, el auto azul parado en la esquina.

Wanda camina por la vereda con pasos largos, mete las botas en los charcos, en los pozos. Alguien al pasar le chifla, la gente en los autos le toca bocina. Ella se acomoda el cinturón dorado, mete la mano y toca las fotos de Anita, y sigue caminando.

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