La tierra se termina justo ahí. Donde nace el mar, donde asoma el océano y se precipita la inmensidad. Las olas golpean la tierra, intentan cabalgarla pero en ese reclamo, en esa insistencia, la horadan. Y así, ella –la tierra– retrocede. Y así, ella –el agua– gana terreno. El mar avanza vistiéndolo todo de espuma y celebrándolo con su huella de humedad, y se envalentona y piensa que puede absorberlo todo, y seguir apaciguando su sed insaciable con fragmentos de tierra desprevenida. Pero aparecen las montañas que, desde arriba, le recuerdan que eso no es posible. Que no puede absorberlo todo. Que ellas –las montañas–también quieren su porción de mundo. Y se reafirman en su convicción, inconmovibles. Y al mar no le queda más remedio que retroceder. Pero es caprichoso e insistente: va y vuelve, una y otra vez. La tierra, por su parte, no quiere ahogarse. Pero su blandura no le deja muchas más opciones, y se aferra como puede a un árbol o a una piedra.

Y en esa eterna disputa es que conviven. Aunque el mar sabe que, a la larga, la victoria es suya. Y así lo murmura, de día y de noche.

(Foto y texto: Luciana Garbarino)

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