*Por Flavia Pantanelli. Escritora. Ha publicado los libros “Carne Rota” y “Haceme lo que quieras”.  

Subo una escalera caracol hacia el campanario, pie derecho, pie izquierdo, mis piernas que no se cansan, cuántos van, mil escalones, mil doscientos, hasta llegar. La luz me golpea por un momento, tengo el viento en la cara, y el aire es tan gozozo, ahí, con la ciudad a mis pies. puedo ver, hacia dónde mire, techos de tejas, del naranja blanquecino de la terracota recalcitrada, tejas puestas en todos los ángulos, y sentidos, más inclinadas, más playitas, paralelas, superpuestas, que van conformando una ciudad a los pies de este domo. una ciudad compuesta solo de eso, en apariencia, de tejas viejas, partidas, superpuestas que cubren todo el valle. Me siento tan libre. Tan tan libre. Entonces veo la cuerda que pende, gruesa, como un ahorcado, curtida de tiempo y soledad. Me acerco. La agarro con las dos manos y tiro hasta que el badajo se mueve y arrastra la campana de forma pesada, pienso, no sé por qué, en un buey echado al que se lo molesta de la siesta. La campana se inclina y algo en mi ánimo se oscurece. me arrepiento de este movimiento, esa rotura en el equilibrio de un sistema, pero, se sabe, no hay arrepentimiento posible ni vuelta atrás para ciertas cosas. Suelto la cuerda, entonces, como si quemara, y la campana se apura hacia adelante. La estructura de madera que cruje, palomas que escapan, revuelo de plumas y astillas y polvo y la vibración que avanza por las baldosas, que me sube por el cuerpo hasta la cara, y mientras algunas vigas ya empiezan a quebrarse y cae a mi lado un pedazo de techo, el monstruo rebota y vuelve su bocaza hacia mí, ese monstruo como un titanic escorado, y le veo a la campana la lengua de trapo retorcido que pende del badajo, enorme se entrega a su furia y tañe y lanza hacia el mundo de tejas felizmente dormidas el grito agudo y vibrante de mi teléfono siempre encendido, siempre cargando, siempre con la campanilla al máximo, sonando y agitándose y reptando sobre mi mesa de luz.
Estiro la mano, tanteo buscando el teléfono, Hola digo, hola ,voy diciendo todavía sin abrir los ojos, pero mi mano no lo encuentra, y el aparato sigue sonando, vibra. hola, hola, papá, ya voy, ya voy papá. Miro el reloj, son las cinco menos cuarto. Enciendo el velador. Alejandro se da vuelta en la cama, dice algo que parece como un quejido, y se tapa la cara con la almohada, pero un minuto después ya está sentado, me mira con sus ojos verdes que todavía no enfocan, parpadea como para limpiarlos de una bruma de otro lado y se empieza a poner una remera.
Hola, vuelvo a decir, ahora sí con el teléfono en la oreja. Del otro lado solo hay un silencio, y dentro del silencio hay como un ruido muy leve, como un crepitar de hojarasca y le hago un gesto con la mano a Ale para que no se vista porque no es papá el que llama, y me preparo porque me van a hablar de la otra parte del mundo. No es papá, le digo.
Es que, para mí, tener un padre de 93años que vive solo es dormir medio vestido siempre o al menos con la ropa cerca. Es atender el teléfono a cualquier hora: día, noche, fin de semana. Es que el auto esté siempre listo, con nafta y andable por si hay que salir de urgencia y no pararlo ni para arreglarle los bollos del granizo, aunque el seguro te lo cubra todo. Es, también, pensar que habría que contar con algo de dinero disponible, o por lo menos tener pensado de dónde sacarlo, para lo que sea preciso, en cualquier momento. Es no dejar nada para mañana, porque mañana no se sabe dónde y qué vas a tener que estar haciendo.
Así fue la noche del robo, por ejemplo. Sonó el teléfono en medio del sueño y una voz me dice que rompieron la puerta de la casa de mi padre y le entraron a robar. Eran las doce de la noche, de un julio de hace dos años. Encontré a mi padre en calzoncillos, descalzo, mirando la rotura en la vereda, rodeado de policías, tres patrullas, el custodio de la esquina. La casa abierta como una boca desdentada, sin puerta, expuesta a la maldad del mundo. Igual que él. Tenía el pelo revuelto por la almohada y la parte de arriba del piyama mal abrochado, le sobraba un botón, le faltaba un ojal, como hubiera dicho mi mamá. Pero mi mamá ya no está para decir esas cosas ni ninguna otra. Ya no está. Hace cinco años que no está mamá y todos sentimos, un poco, que hay tufo a pacto roto por el hecho de que ella ya no esté, a pacto roto o a renuncia, con esa forma rara de cuidarlo que tenía ella, enconada y sufriente, es fidelidad perruna que tenía de vivir para cuidarlo. Y ahí estaba, en cambio, aquella noche, mi papá, solo, me falta un botón me sobra un ojal a las doce de la noche, tres grados, los calzoncillos de pierna medio abiertos en la bragueta y los pies desnudos, sobre la baldosa blanca de la vereda.
Pero ahora, cinco menos cuarto de la mañana, lo que escucho es la voz de mi prima Silvia, ciao Flavia, me dice. Ciao Flavia, sono la Silvia, da Pésaro. La voz de mi prima Silvia,que llora desde Italia, no le entiendo gran cosa lo que dice, pero de todos modos no hace falta. Sé perfectamente de qué se trata. Puede variar el sujeto de esa oración que falta, pero el verbo es siempre el mismo. La mamma é morta, entiendo que dice, finalmente. La mamma é morta y yo pienso en la zia Marisa, la zia buona del bosque, en sus ojos que se apagaron en la otra parte del mundo. Han tratado de llamar a papá para decirle. Hace tres horas que lo llaman y no lo pueden ubicar. Que están preocupados, también por él. Si será que le pasó algo y no se han enterado. Y yo, que no, que es viejo y no escucha el teléfono, que acá son solamente las cinco de la mañana, que no se preocupe, que yo le digo. Que papá duerme profundo y que no escucha el teléfono.
Y le digo así y me viene a la cabeza la última tormenta. Y es que cuando tu padre vive solo, y es grande, puede pasar que te despierte el agua que entra por todos lados, por una tormenta feroz a la madrugada, ver que te está entrando agua, el barro las hojas por la puerta de la cocina y vos lo primero que haces, agarrás el teléfono y llamás a tu padre para saber que no está inundándose también él, como hace tres años, que lo encontraste si liuz, el agua a los tobillos y él que intentaba, solo, correr el aparador. Probás de nuevo con el teléfono, una y otra vez porque no te atiende mientras te vas poniendo la ropa y, a la quinta llamada sin que te atienda, sexta como mucho, te subís al auto y, mientras Ale y los chicos achican el agua que ya llega hasta el parquet del living, vos te pegas una vuelta por su casa, voy y vuelvo amor, así nos quedamos tranquilos, y ahí vas vos, sola y tu alma bajo el temporal, haciendo olas en las bocacalles para verificar que todo está en orden, que él está bien y que lo único que pasa es que papá duerme profundo y ya no escucha el teléfono.
Y lo zio que está devastado, cuenta mi prima desde Italia. A su edad, el tío se queda solo. Y no quiere que lo cuide nadie. Giorgio y ella hablaron, no saben cómo hacer con el tío, solo, se quiere quedar solo y hace dos meses cumplió noventa años.
En mi casa o en la de mi hermana o en la oficina o donde sea, el mate se lava, el agua del termo se acaba y, la discusión nunca termina. La discusión es siempre la misma, pasamos por los mismos temas y seguimos sin llegar a algún acuerdo. En qué reside la libertad de un hombre que tiene 93 años y está lúcido y auto valido y elige de pleno derecho vivir solo. Cómo no respetar sus decisiones si no está minorado, ni minusválido. Está viejo, eso sí, y solo, eso también, muy solo porque su gente, su verdadera gente, Enrico, Enza, sus hermanos; sus primos, y compañeros de escuela Malio, il póvero Malio y la gente del trabajo Madanes, Cifuentes, Lynch, su secretario, Juancito, su gente de verdad, Triujillo, Ernesto, el tio Juan Carlos, el tío Elio, Bebita de San Martin y hasta Cesar, el casero de la quinta, toda esa a la que no tendría necesidad de explicarle nada, ni cómo era el mundo en sus días, ni qué música se bailaba, ni cómo se levantaba en su época una mina que te gustaba, toda su gente, incluyendo mi madre, sobre todo mi madre, Maria luisa, mi madre, toda su gente se le ha ido muriendo. De este lado del mar y del otro lado también, lenta, inexorablemente, todo se le ha ido muriendo. Es así como se fue quedando, casi sano, tan solo, en un mundo que le es cada vez más ajeno, mucho más ajeno que esta Argentina cuando bajó del barco en el cuarenta y ocho, mucho más ajeno que su pueblo de Italia, cuando volvió de la guerra para encontrarlo arrasado. El mundo de hoy le es ajeno y el es un viejo sano y solo en un sistema que no domina. No entiende de computadoras y no sabe usar un teléfono touch ni tampoco el control remoto. Que le hace el cuento del tío y le hace pisar el palito del famoso secuestro virtual. Le queda su casa. Ajeno del mundo, ajeno cada día más. Le quedan su casa, sus rituales, sus muebles, su cafecito en la farola cada mañana, su misa de doce los domingos en el Huerto. le queda la tele y los diarios. Ya no le interesa la playa ni Cordoba. Su vida se va reduciendo a cuatro, cinco cosas, que maneja a su tiempo, que mantiene inmutables. Tiene hijos, yernos, varios nietos. Pero es que pareciera que esto ya no le dice nada. La gente que le queda no parece decirle nada, habla de cosas que no entiende, que no le interesa, que le son ajenas. le quedan entonces estas pocas cosas, y su auto. le queda su auto. su auto un poco roto y el orgullo del registro que han vuelto a renovarle. A pesar de que de un ojo no ve bien, a pesar de sus noventa y tres años, le han renovado el registro, porque la autoridad ha decidido que está sano, vigente y para él ese registro es una prórroga en su vencimiento, que los habilita como ciudadano de la vida, a él y su auto, a circular por un año más. Mi hermana no duerme de solo pensar que mi padre cena solo, duerme solo, maneja, e insiste en contratar una señora que se quede por las noches. mi padre se opone terminantemente a esta idea y a cualquiera que lo involucre. No se puede obligarlo a nada y además yo no quiero. Cómo obligar a alguien a algo semejante. Si no es necesario, stricto sensu. Porque, ¿dónde se halla el límite real entre su necesidad y nuestros temores y por otra parte dónde, en que frontera invisible se deja de hablar de respeto y se entra en el campo del abandono, de la negligencia. Y como diferenciar la híper responsabilidad del abuso. Y de qué manera se puede vivir, seguir viviendo, trabajar, los impuestos, los chicos, la casa, tener una vida, escribir, ir al cine de vez en cuando, si uno está todo el tiempo atento, lejos pero pendiente, cerca sin ser visto, sosteniendo su independencia con una oreja pegada en el teléfono.
Le digo a mi prima Silvia que acá son recién las cinco de la mañana. Que yo voy a buscar la forma de darle a papá la noticia durante el día. Silvia ya no llora. Brava Silvia, le digo. Sei stata brava anche tu. Mi madre decía que cuando no se puede curar a un enfermo hay que acompañarlo a bien morir. Eso es honrar lo sagrado.
Pero como se acompaña a bien vivir, eso nunca nos lo dijo. Ni tampoco dijo si hay algo sagrado en eso. Pero yo creo que si. Que es sagrado ayudar a nacer, y también acompañar a morir pero no menos sagrado es sostener el vivir de las personas vulnerables. Sabemos sostener la vida de nuestros hijos hasta que estén listos para caminar solos, pero nadie nos dijo cómo ni en qué consiste sostener el vivir de la personas mayores sin enjaularlas y sin abandonarlas. Y así discutimos con mi hermana sobre el tema un día y otro día y otro más, sin ponernos nunca de acuerdo, y ella gasta su dinero en cambiar disyuntores y poner un disyuntor por las dudas de que el otro no corte, y luz de emergencia en la escalera y bomba de achique por si se inunda y contrata dos servicios de emergencia y el botón de pánico y la alarma monitoreada y todas cosas que sabemos, las dos sabemos muy bien, llegado el caso, no van a servir para nada, y yo trato de convencerlo de que no tome tanto vino, que se haga los estudios, que no salga con este frío. Así, cada una a su modo, no hacemos más que vivir con mi padre, lejos de mi padre y ella me parece a mí exageradamente intervencionista, y yo le parezco a ella laxa y abandónica, yo pienso en que es necesario respetar algunas dignidades, ella cree que el amor y el cuidado hay que manifestarlo en acciones concretas. Mientras discutimos y no pocas veces peleamos, mi padre envejece sin que sepamos qué es lo correcto, y casi siempre vamos corriendo detrás del toro y nunca delante, soportando opiniones y consejos gratuitos sin estar jamás satisfechas con lo que hacemos.
Con il babbo, dice mi prima, ahora. No sé qué vamos a hacer con il babbo. Ahora que la mamma non c´é piu.
Quién hubiera creído, quién, al ver a mi madre, que iba a morir tan pronto, que iba a morir como murió, dejándolo transformado, legalmente, en el supérsite. Porque también de eso se trata: de la excursión al banco cada seis meses para el humillante trámite de supervivencia de la jubilación y lo más terrible de ver es el tono complaciente con que le habla la empleada del banco, toda sonrisa y voz alta, pañuelito al cuello y camisa rayada, es terrible ver que le habla despacio y claro con voz de maestra jardinera y sentirlo a él contento, de esa sonrisa amable, de ese minuto de atención exclusiva y después, verlo levantarse, caminar despacio y saludar a la empleada, que se siente un poco buena, orgullosa de sí misma porque fue amable con un hombre de noventa y tres años, que es verdad, no ve de un ojo y escucha poco, pero está lúcido, lúcido, lúcido y vos pensar, pero cómo decirlo, mientras tu padre camina tan lento hacia la puerta, si esta mujer supiera, la vitalidad la fuerza el poder que tuvo este hombre en otra época, no hace tanto.
Y cada tanto acompañarlo a que lo vea el doctor Novoa y después caminar despacio las dos cuadras que nos separan del bar La bicicleta donde tomamos el café de siempre y una, solo una, medialuna. Es estar un rato ahí, rumiando despacio los diagnósticos, las indicaciones que acaba de darle, ese doctor bueno que le dice que está siempre bien, cuando sabemos que no es posible, que no es cierto, sentados, entonces, los dos ahí, en esa luz amarilla que entra por las tardes, ver las fotos antiguas, las ilustraciones de bicicletas con las que mi padre intentó alguna vez el Giro d’ italia, e ir escuchando que dice, este estudio no me lo pienso hacer, esta pastilla no la voy a tomar, y pensar otra vez dónde está el límite de su libertad y hasta dónde no es violento hacerle tragar un remedio por la fuerza, en nombre de cuál salud, de cuál futuro, que si no incluye la dignidad de ciertas decisiones, más que tiempo de vida lo que resta es un sobrevivir lato, y mientras la frustración y el cansancio y el eterno retorno de las mismas preguntas queda todo de mi lado, él come su media luna, y hojea el clarín, la nación y otro café, esta vez sin cortar, y de pronto vamos nena; nena aunque tengo cincuenta años, nena aunque pariste y criaste hijos, y fuiste a la facultad y publicaste libros, nena. y yo, la nena, me cobra mozo que se nos hace tarde. Tarde para nada, me digo, tarde para qué. Porque es a él a quien le parece que se le hace siempre tarde. y después subir al auto y manejar con él al lado diciéndote cuidado en cada esquina, acelerá, aminorá, escuchá la caja, poné el cambio. Otra vez nena. Y angustiarte un poco, algo que te cierra acá el pecho, si en una esquina te das cuenta que por un momento se ha desorientado, si te pregunta en la misma tarde por tercera vez las mismas cosas.
Ahora que colgamos con Silvia, vuelvo a apagar la luz. Es una noche fría, estoy tiritando. Me acerco a Ale, pongo un pie entre los suyos, para cargarme del calor de su cuerpo. me tapo la cabeza con las almohadas con las mantas. Quiero quedarme ahí, en ese refugio inventado, todo oscuridad y tibieza, quiero dormir otro rato, por lo menos hasta las ocho. Y después del desayuno, cuando Ale se vaya un rato a remar al río, y los chicos duermen a pata suelta porque es domingo ponerme las zapatillas e ir despacio caminando a comprar los diarios, todos los diarios que le gustan a mi padre, y revistas de economía, de política, y en una mañana espléndida como esta, todo sol y relax a pesar del frio, pasar por la Elbita, encargar unos canelones, de carne y verdura, que a papá siempre le gustaron, comprar el pan, el queso, que nunca falte el vino. Volver a casa y si da tiempo hacer un rico postre. Vestirse de domingo, poner el mantel blanco, la vajilla de fiesta y de paso ya que estamos podemos invitar también a mi suegra. Tener todo listo y esperar el momento adecuado, después del almuerzo en familia, del cafecito y la siesta, buscar el momento adecuado, entonces, de decirle de la mejor manera posible, que a partir de hoy se ha quedado un poco más solo, porque del otro lado del mundo, se apagaron para siempre los ojos buenos de la querida zia Marisa.

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