*Por Lourdes Salette. Estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de San Isidro. Toca el Violín, la Guitarra y la Batería. 

 

Ese día sentí el vacío más grande que puede sentir una persona.

Me levanté a la mañana siguiente, destruida. Me miré al espejo y una lágrima cargada de dolor y enojo recorrió mi mejilla, y fue ahí, en ese preciso momento, cuando comprendí que ya nada volvería a ser lo mismo: mi vida había cambiado para siempre.

Durante las horas que siguieron, me metí en una montaña rusa de angustia. Después, pasaron los meses y me empecé a enojar como nunca antes. La furia me corrió por las venas hasta el punto de que no podía dormir.

Me consideré durante los siguientes años, un ente con necesidad de matar y hacer justicia por el asesino de la persona que más amo en el mundo, mi madre. No es un asesino fácil de destrozar, no porque sea difícil de encontrar sino que lo difícil es que no puedo simplemente agarrarlo en una esquina y clavarle una navaja en el cuello.

Porque no.

Porque no tiene apariencia física. Eso lo hace más poderoso.

Fue así como comprendí que era una guerra que había perdido de antemano: no solo no volvería a ver a mi madre, sino que jamás podría hacer justicia por ella.

Entonces, no hace mucho, cerré los ojos y pensé: “Cáncer de mierda, ganaste”.

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