*Por Laura San José 

 

Era una noche cálida de verano. El pasto húmedo por debajo de los pies haciendo cosquillas y las estrellas decorándolo todo. Entonces le pregunté por su niño, aquel que no pudo nacer. A mi madre le pregunté. Algo que sabía a tientas, pero no con mucha decisión: cómo había sido su perdida.

Me dijo que su embarazo era de cinco meses. Era varón. Era de noche. Una noche calma como ésta y un estruendo grandísimo cerca de la central de Edenor y un zumbido lo rompieron todo. Ella le dijo a mi padre que nos sacara de allí, “llevate  a las nenas”, le dijo. Estaba aterrada. “Pensé que eran los extraterrestres”, me dijo.

Extraterrestres. Y después de eso no hubo nada más. No pudo haber más.

Silencio, calma y demasiada quietud.

Después de eso no hubo nada más.

 

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