*Adriana Carla Gorlero
Consultoría en Violencia de género
adrianacarlagorlero@gmail.com 01147943380
El ser humano trae consigo características que le otorgan una identidad y lo diferencian de otros seres humanos: el ADN, el tipo de sangre, el color de ojos, de piel, el cabello, los rasgos faciales, la estructura ósea y los órganos genitales. La primera gran diferenciación que ubicará a los seres humanos en grupos distintos es la que se relaciona con sus órganos genitales. En cuanto estos se hacen visibles esa persona formará parte del grupo de los hombres o de las mujeres y en menor medida, pero no menos importante, del grupo XXY.
Serán los órganos genitales, esta división que atraviesa todas las fronteras, todas las creencias y es común a todos los seres humanos, el punto de partida a la construcción social que transformará a esa persona en un hombre o una mujer (y con las que deberá conciliar si su elección sexual es otra ).
Desde la primer ecografía que muestra los genitales el grupo familiar y social comenzará a construir una persona para transformarla en: un verdadero hombre o una verdadera mujer parafraseando a la filosofa Simone de Beauvoir “mujer no se nace, se hace” . Esta construcción se hace de numerosas formas algunas más sutiles otras más intensas: las más comunes es la elección de los colores, rosa y azul para las familias más ortodoxas y amarillos naranjas o verdes para aquellas familias que intenten trascender los roles estereotipados, las ropas, los juegos, los juguetes, la escolarización.

Los mandatos, la estética y la ideología familiar comenzaran a moldear al ser humano para que pueda ubicarse fácilmente dentro de uno de los grupos llamados géneros.

El entorno social (la familia, la escuela, las amistades, las instituciones y cultura en general) espera que se incorpore a una manera de ver el mundo de su sociedad y cumpla con las pautas culturales, sociales, religiosas, sexuales y de comportamiento que el grupo social impone/propone.
Cuando el ser humano pequeño es incluido dentro del grupo de los “varones “y pertenece al género masculino” de aquí en adelante toda su inserción social será determinada por la instauración y la preparación para ser un hombre: con sus permisos y sus negativas, con deberes obligaciones y derechos. Lo mismo sucede con las mujeres: la sociedad espera de nosotras que asumamos determinados roles y que nos comportemos como verdaderas mujeres.
Sin lugar para débiles
Hasta no hace mucho “ser hombre” era ser poderoso, fuerte, indiferente a las emociones, impermeable al miedo y a la tristeza, competitivo, atrevido, valiente. El hombre tenía permiso para expresar la violencia y debía estar siempre disponible a la sexualidad (para no pasar por tonto). Para el hombre era el uso del espacio público y la obligación de sostener a la familia. En este modelo, estructurado y llevado al extremo, el hombre no tenía derecho a sentir miedo, dolor ni mucho menos mostrar sus vulnerabilidades ni sus lagrimas y si tenía derecho a votar, a estudiar en las universidades, a ganar más dinero que una mujer por el mismo trabajo, a tener relaciones sexuales fuera y antes del matrimonio, y a abandonar a sus hijos/as sin que por ello sufriera condena social.
Nuestras abuelas y bisabuelas para ser “una mujer” debían ser dulces, suaves, amorosas, silenciosas, obedientes, bellas, mantenerse vírgenes hasta el matrimonio. Su rol era maternizar no solo a sus hijos/as sino también cuidar a enfermos/as, ancianos/as, animales. Sus opciones laborales eran el interior del hogar, la docencia, la enfermería, las labores manuales, la adivinación del futuro, el curanderismo, la escritura y las más atrevidas ingresaron a las facultades y fueron médicas y abogadas.
Los tiempos y las formas culturales cambiaron para los dos géneros. En primer lugar porque la vida cotidiana no sabe de géneros ni modelos y llevó a estos seres humanos a rebelarse ante los mandatos culturales y a ocupar todos los espacio y ejercer todos los roles: desde nuestras bisabuelas que se quedaron a cargo de la familia cuando los hombres marcharon a la guerra y se ocuparon de todo lo que ellos hacían. En segundo lugar propiciaron la creación de leyes que permitieron divorciarnos, controlar la maternidad, el matrimonio igualitario, y a las mujeres votar, escriturar bienes aun siendo solteras a nuestro nombre. Hoy los hombres exigen cambiadores para bebes en sus baños públicos y solicitan leyes laborales flexibles que les otorguen tiempo por el nacimiento/ adopción de bebes/as.

Nuestra sociedad, o al menos una parte, entiende que los roles encajonados nos limitan y encasillan y responden más a un mandato social, que a un deseo humano.

La cuestión es que las personas contenemos todos la posibilidades independientemente de la genitalidad o los órganos sexuales. El gran desafió es construir vínculos en los que el cuidado y la responsabilidad de sostenerlos sea un acuerdo entre las dos personas, si bien esto implica ceder espacios para que el otro o la otra se mueva cómodamente: dejar de ser “las reinas de la casa” o “el poderoso proveedor del dinero”, dejar de creer que si nos cela nos ama y si nos controla es porque le importamos, conciliar que lavar los platos y la ropa es una tarea a compartir y que para avanzar profesionalmente es necesario tiempo y dedicación a la profesión como también que las mujeres podemos ocupar espacios de liderazgo con libertad y los hombres ocuparse de todas las tareas hogareñas y no por eso dejamos de ser “menos mujeres ni menos hombres”. Hoy y en nuestra sociedad podemos ser las personas que deseamos ser, sin los impedimentos de nuestros ancestros, no es fácil pero si posible. Y seguramente si logramos fluir entre lo que queremos y podemos la vida que elijamos: en pareja, en soledad, o en la forma que se nos ocurra, puede ser más creativa.
Del mismo modo que nuestras abuelas y bisabuelas se las ingeniaron para, a pesar de las escasas posibilidades ingresar a las universidades, comenzar a ejercer la ciudadanía, divorciarse, elegir con quien casarse, (aunque no todas lograron esas libertades y muchas sociedades en el mundo aún hoy no les respetan esas derechos a las mujeres)Los modelos masculinos también van cambiando: algunos hombres se sumaron desde las entrañas a la protesta Ni una menos ante tanta violencia machista, otros asumen el cuidado de sus hogares, de sus hijos/as o de sus mascotas con habilidad y alegría. Nosotras también podemos dejar atrás parte de ese modelo masculino protector cuidadoso atento proveedor y hacernos cargo de nuestra identidad y el respeto y amor por nosotras mismas. Entendiendo que los celos y el control no son manifestación de amor ni de cariño, que si nos llama varias veces al día sin importarle donde estemos “nos cuida” sino que, por el contrario, ese hombre esta bordeando ese delicado límite que se transforma en control, manipulación y violencia.
Una forma nueva de relacionarse entre las personas es posible, Nos implica a cada ser humano corrernos de los modelos que ya no nos sirven y aceptar el gran desafío de construir un nuevo modelo de existencia: una nueva manera de ser humano en la que cada quien pueda fluir entre las posibilidades: ser fuertes y vulnerables, sentir y emocionarnos con libertad, lograr la independencia económica y el autoabastecimiento, ejercer intensamente nuestra sexualidad, criar niños y niñas libres de mandatos de género sabiendo que es difícil pero no imposible, que da miedo, que nos hunde en la incertidumbre pero que es la única forma de construir vínculos, ya no desde la necesidad y la obligación sino desde la libertad y el amor.

 

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