*Por Laura San José. Editora. Escritora. Periodista. 
Y sí. Si uno mira al cielo una tarde de verano, con las nubes cargadas de agua, grises, hinchadas, y algunos rayos de luz que se deslizan sobre las hojas, sobre las ramas, rayos de ese majestuoso sol que deja el día, esculpiendo la vida en ese instante, casi como una gota de agua, suspendida, conteniendo todos los minutos del día… podría pensar en dios.
En un dios que se escribe con minúscula. Sin cara ni gesto, sin adjetivos. Ni verbo, ni sustantivo, ni pretérito. Nada. Un dios que nos reúne a todos, que no nos castiga, que nos regala instantes, que nos dio la vida, eterna. Un dios que camina entre nosotros, que va al cine, o mejor, que hace cine. El mismo dios que inventó la música, la de ángeles caídos en la tierra para armarnos los oídos de compasión. Él sí se permite escuchar música. Jazz, rock, ópera, folclore, con bombo y chacarera, pianos y guitarras melancólicas y Charly García. Aplaude al compás del tambor cuando nuestros cuerpos se sacuden porque estamos gozando, y esa también es la gracia de dios.
Este dios es amigo. No pide nada a cambio. Solo quiere estar cerca. Guiarnos, empujarnos con la palma abierta hacia el camino correcto. No usa rayos, nos usa centellas. Sopla. Sopla estas palabras en mi oído. Susurra opciones, intenta dirigir nuestra mirada hacia arriba, hacia el cielo.
Ahí está él. También está ahí. Si uno mira el cielo. ¿Cuántas veces miramos el cielo? Siente paz. El cielo da paz. La noche da esperanza. Hacia arriba.
Y hacia adentro. Mirar para adentro. Ahí también está dios, dando respuestas. Tuve un año lleno de experiencias religiosas: baile el hare krishna con los budistas. Entré en la capilla de un cementerio a mirar la cruz, me senté un rato, lloré. Me interesó la vida adventista, su forma de alimentarse, sus creencias. Pero no sus prohibiciones.
Solo sé de todo esto que hay un dios. Que no castiga, que no habla de pecados, ni de sufrimiento, ni de abstinencia, ni de negación. Creo que ese dios quiere equilibrar corazones, creo que ese dios va rodeado de perros, descalzo por la paja seca, que mira molinos y los hace girar porque él es el viento. Creo que ese dios viste de blanco porque en él están todos los colores. Es un dios sin miedo, con coraje, un dios hecho de una carne suave, sin agujeros en sus manos ni en sus pies. Un dios que sonríe cuando escucha la palabra culpa, que bebe una copa de vino, que lee la biblia como su cuento preferido. Que tiene una amplia biblioteca con grandes plumas. Creo que es coautor. Creo en las causalidades que me arma en la vida para estar escribiendo esta nota.
Creo en él, sin símbolos, sin requerimientos, sin credenciales, sin hileras de religiones. Creo en su poder. Tan amplio como el océano, tan glorioso como el vuelo de un pájaro, tan celestial como el violín. Creo y lo amo sin conocerlo. Y le pido disculpas, como le he pedido a algún amigo por no llamarlo durante mucho, mucho tiempo.
Mi dios está parado al lado mío. No se sienta en la biblia ni viste sotanas pesadas, no carga con cruces. No soy su sierva, no es mi salvador. Soy él y él es yo. Una parte. Un dedo. Una yema.
Mi dios es calor. Una bola inmensa de luz. Mi dios solo entiende de amor.

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