*Por Laura San José, periodista, escritora

Voy a un hogar de niñas todos los viernes. Desde que empecé a ir a un círculo de mujeres quiero ir a un hogar de niñas. Para seguir armando círculos. Para peinarnos, para curarnos con besos y palabras las heridas.

Ellas son valientes. Yo, en su lugar, estaría muerta de miedo. Me preguntaría mil veces quién viene por mí, si alguien lo haría, si algún día podré vivir en una familia.

Ellas, en cambio sonríen, se divierten. Jugamos al quemado o me enseñan a saltar la soga con mis largas piernas y mis rodillas gordas, momento en donde todo se traba y ellas ríen de mis accidentes. Se meten en la pileta que tienen en el hogar, chillan cuando alguna abeja anda cerca, se van a Mar del Plata con los scouts, algunas van a misa, las que quieren, y otras miran “Esperanza mía” en el televisor donado.

Yo sería un bicho triste en verano, con ganas de andar en bicicleta toda la tarde, y una gacela mojada en invierno, con el frío en el alma. Ellas van a la colonia, ellas van al colegio, ellas van a pasar un fin de semana a la casa de campo de una señora voluntaria. Ellas me hablan de chicos, de una yarará que vieron en el Delta y de las vacas en el campo. Me hablan de lo que hicieron, y de dios. No me hablan de ellas, ni de por qué están ahí, de quienes son. Eso no. Hace dos meses que voy y de esos temas no me hablan.

Sí tienen psicólogos, trabajadores sociales que dan vueltas constantemente alrededor de cada historia, de cada legajo. Pero lo hacen silenciosamente.

A veces las monjitas que viven ahí me cuentan cosas. Como el caso de Azul, que tiene 4 años y que por algún motivo no muy bueno, ni muy feliz está viviendo ahí.

Su mamá y su papá la visitan. Su mamá poco. Su papá cada vez más. Esto hizo mella en Azul: empezó a extrañar. Cada vez que suena el timbre en el hogar, Azul deja de hacer lo que está haciendo- pintando, jugando, riendo- y sobresaltada pegunta al aire: “¿Quién llegó?”  “¿Papi?”. Y se va caminando despacito hasta la puerta y ahí se queda hasta que alguien pasa y la trae de vuelta.

La última vez que Azul vio a su papá, me cuenta una de las hermanas, lloró horas tirada al lado del portón con una angustia  de grande y el corazón partido de tristeza.

 

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